Los riesgos de la profesión

“Camaradas. Invitados. Hemos perdido. Si tienen que arrepentirse de algo, recen. Háganlo ahora”, desalentó Cara Dura con la sugerencia firme a los presentes, conscientes de la aproximación de lo inevitable.

Desde el instante en que el operativo “trasnochador” fue solicitado para albergar invitados, de manera instintiva, el equipo a cargo sospechó que su suerte estaba tatuada. De todos modos, habría consecuencias si aceptaban o negaban a los periodistas. Sin sospechar el imprevisto que volcaría la seguridad a cada uno de sus designios, esas sonrisas jamás se esbozarían en un buen tiempo, si acaso alguien asegurara que estarían exentos de cualquier atentado a su persona el resto de sus vidas.

A pesar de su profesión, solo sabían lo básico sobre los militares. Desconocían el riesgo de transitar una carretera mexicana. Ya no estaban en el punto rojo del sexenio de Calderón, pero la onda expansiva de aquella declaración de guerra hacia el organismo delictivo aún perduraba.

En medio de la carretera, imperturbable en su soledad, dos mujeres – “madre e hija” supusieron los periodistas – ondearon las manos con desesperación. De inmediato hubo dos posibilidades: víctimas de un ataque o un señuelo. Ante la insistencia de detenerse para grabar una entrevista improvisada mientras recibían auxilio, la cabecilla de los invitados ordenó que se ocuparan de asegurar el perímetro. Su desdén era equiparable al trato esperado de un patrón hacia un chacho.

De pronto, la tormenta de plomo y pólvora aconteció. Las mujeres desaparecieron sin un rastro auditivo como despedida. Por un lapso de nanosegundo el líder del escuadrón sintió pena, gracia y un instinto de protección hacia los civiles asustadizos, inmersos en un pánico tras el granizo mortífero que acribilló al vehículo. Sin dar tregua a los armados, hubo un contraataque, el cual dejó un herido de bala en el tobillo. “¡La carga más inoportuna! ¡Y esto se hubiera evitado, carajo!”, bramó el segundo al mando.

El equipo descubrió que carecían de municiones por la expresión de Cara Dura. La persona a cargo preveía una inesperada victoria por intervención divina, pero los militares, entre el realismo y el pesimismo, vieron que los localizadores se quedaron sin batería.

Los hechos podrían ser presas de un vuelco fantástico, poco factible para los testigos de atrocidades de diferentes magnitudes, pero bastaba con un microgramo de esperanza y expectación por un milagro. El vehículo potente, manejado por las bestias sanguinarias, desistió de la zona, como si su ansiedad demoníaca por asesinar hubiese desaparecido. “La ayuda ya va en camino”, exclamó la voz proveniente del último aliento del WALKIE-TALKIE.


– Escrito por: Martín Morales (Monterrey, N.L.)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s